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LA TÉCNICA EN ARTE NO TIENE NINGÚN VALOR



Descubre qué es lo verdaderamente importante en toda obra de arte


El universo de las ideas y de cómo éstas terminan en un soporte de papel, lienzo o una pantalla led es tan complejo como artistas pueda haber en el planeta. No obstante, sí que hay elementos comunes capaces de acercarnos a una metodología casi universal. Y es por ello que en estas páginas quiero plantearte algunas reflexiones.

Primero, definamos «técnica» en el arte.


La técnica artística es el conjunto de conocimientos, herramientas, habilidades o destrezas que nos permiten usar la luz, el color, la pintura, el volumen en el espacio, la fotografía o las imágenes de vídeo en cualquier soporte que nos podamos imaginar, tanto físico/tangible, como digital/virtual.


Sin embargo, atención, a pesar de que parezca muy importante, has de saber que:


«Las técnicas en el Arte apenas constituyen

el 3% de la obra artística final».


¿A qué corresponde, entonces, el otro 97%? La respuesta es simple: a la idea. Y por idea me refiero a lo que de verdad queremos transmitir: el mensaje.


Toda obra de arte es un elemento de comunicación, está realizada para ser contemplada y para provocar una reacción. Puede ser agradable, enternecedora, horripilante, indiferente; puede coincidir con la realidad que vemos o con la que sentimos, o no coincidir en absoluto…, o incluso no querer enviar un mensaje, aunque eso también es un «tipo» de mensaje.

Por lo tanto, cómo nos planteemos nuestros mensajes, cómo los queramos expresar y cómo ataquemos el inicio de nuestro trabajo creativo serán las principales cuestiones a resolver antes de coger un pincel, un teclado o una radial eléctrica. Esto es aplicable a todos los aspectos de los trabajos creativos y, además, a todos los niveles.

Mucha gente le da una importancia extrema a la técnica, olvidándose de que es la idea la que lo mueve todo. Una gran técnica sin una buena idea, sería como un enchufe sin corriente eléctrica: inútil. Veamos varios ejemplos que ilustran bien esta teoría:

El cine es una de las actividades creativas donde los elementos técnicos son imprescindibles y con un altísimo coste. Se supone que una película con un presupuesto millonario es un éxito seguro. Suele serlo, porque con buena financiación se pagan a los grandes actores, los mejores guionistas, unos efectos especiales asombrosos, a un gran compositor de bandas sonoras, el mejor montaje final o mucha publicidad. Sin embargo, la historia del cine está plagada de grandes producciones con fallos tan desastrosos en el mensaje y la idea –por lo general, el guion, pero también cómo se lo cuenta al espectador– que fueron una catástrofe en taquilla. Valga el ejemplo de las hermanas Wachowski, que tras marcar un hito generacional con la trilogía «Matrix» –cuya recaudación, sólo de la primera película, fue casi cinco veces su presupuesto–, se estrellaron con «Jupiter Ascending» y apenas si llegaron a pagar los costes de producción. Por otro lado, cuando ambos conceptos se funden a la perfección, aparece una obra como Titanic o Avatar.

¿Qué pasa entonces en la Escultura, donde el proceso técnico es tan abrumador y pesado? Sí, la teoría es la misma:


Proceso técnico = 3% del valor total de la obra.


Es cierto que no hay nada más lento y tedioso que la técnica en escultura; desde que realizas los primeros bocetos de tu idea sobre un papel, hasta que ya está realizada y terminada frente a ti, pueden pasar días, semanas o meses dependiendo del tamaño. Un error en su realización y todo el trabajo se puede perder.


Si la idea no es potente, si el mensaje y tu manera de expresarlo no es único y excepcional, si no refleja tu Estilo Personal y has puesto todo tu ser en la concepción, en la realización y en el resultado, la obra final no será relevante. Podrá estar «muy bien hecha», pero nadie la valorará en función de cómo se hizo, sino de lo que transmite, de su fuerza, mensaje y presencia para competir con su entorno y llegar al interior de quien la contemple.

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